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INFORME ECONÓMICO DE ESADE

¿Hemos hecho lo suficiente para no repetir la crisis?

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Ha llegado el momento de separar el grano de la paja y conocer qué normas son realmente efectivas y cuales son un mero peso muerto tanto para los reguladores como para los regulados

¿Hemos hecho lo suficiente para que una crisis financiera, como la que se desató en 2008, no vuelva a repetirse con la intensidad, la profundidad y la extensión de aquella, cuyos efectos devastadores aún estamos sufriendo? Esta es la pregunta a la cual intenta dar respuesta este artículo. Esta tarea no es sencilla, y menos hacerla desde una perspectiva positiva, pues ya se sabe que es más fácil adoptar una posición crítica que laudatoria, especialmente cuando se ha formado parte de todo ello.

Sin embargo, no me cabe ninguna duda de que se han hecho muchas cosas y, en gran parte, se han hecho bien. Desde el principio de la crisis, se adoptaron múltiples medidas, tanto en el ámbito nacional como en el internacional, para frenar sus efectos y evitar su repetición. Así, ha aparecido un nuevo corpus regulatorio, sumamente amplio y complejo, que aborda prácticamente todos los aspectos de la actividad bancaria: solvencia, liquidez, resolución, comercialización de productos y servicios, relación con los consumidores, gobernanza, contabilidad y reporting a las autoridades, por citar solo algunas de las áreas más importantes.

Se han creado también nuevas instituciones internacionales de supervisión y resolución, con sistemas de trabajo, herramientas y enfoques diferentes a los existentes hasta ahora. Además, se han mejorado los mecanismos de cooperación entre las distintas autoridades, de manera que, en la próxima crisis financiera internacional, prevalezcan las soluciones cooperativas y se eviten así los mecanismos dañinos de ring-fencing. En suma, se ha realizado un trabajo ingente con el único objetivo de que una crisis parecida no vuelva a producirse. De hecho, el esquema de regulación que se ha puesto en marcha como respuesta a la crisis merece recibir el calificativo de nuevo paradigma regulatorio: son tantos los cambios realizados, tanto en aspectos concretos como en la propia filosofía de supervisión, que han dado paso a un auténtico cambio de régimen.

Pero la mejora se refleja no solo en los elementos cuantitativos y de balance. También se han realizado mejoras en materia de gobernanza: un buen gobierno corporativo es esencial –como demuestra la experiencia de la crisis– para un control efectivo de los riesgos y para una toma de decisiones acertada. Asi mismo, un buen gobierno corporativo es necesario para incentivar una cultura bancaria adecuada, ámbito en el cual los bancos también han progresado, si bien aún tienen mucho que hacer.

Como resultado de todo ello, los bancos son ahora más seguros, más líquidos y solventes. No solo disponen de tres veces más capital, sino que este es de mejor calidad que en el pasado. Están también en una mejor disposición para hacer frente a eventuales problemas de liquidez, un tema nada baladí, habida cuenta de que los bancos son, estructuralmente, entidades con muchos pasivos líquidos (los depósitos) y muchos activos ilíquidos (los préstamos).

Además, sus balances tienen menos créditos fallidos (los famosos NPL) y, gracias a las provisiones basadas en las pérdidas esperadas, los posibles quebrantos futuros de los créditos están mejor dotados.

En líneas generales, podemos sentirnos satisfechos con lo que se ha hecho y con el vuelco de la regulación y la supervisión bancaria en apenas diez años. En realidad, la crisis ha supuesto un revulsivo para abordar con urgencia un trabajo que en otras circunstancias habría llevado décadas. Un buen ejemplo de ello es la unión bancaria, completada en Europa en pocos meses y plenamente operativa en pocos años.

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