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Fusiones, solo con sentido económico y financiero

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La entidad resultante de una fusión tiene que ser mejor que las dos existentes previamente, y los mejor capacitados para valorarlo son los consejos de los bancos afectados y el propio mercado

¿Por qué de repente se ha vuelto a poner en marcha la discusión sobre la necesidad de fusiones bancarias? Más allá de la emergencia de conversaciones entre algunos bancos europeos de gran tamaño, son muchos los factores que empujan ese debate.

En primer lugar, el bancario es un sector con rendimientos crecientes a escala: el aumento del tamaño del balance permite en general mejorar la rentabilidad. En segundo lugar, la rentabilidad del sector bancario europeo sigue siendo insuficiente, medido tanto en términos de ROE como de ROA y queda por debajo de la exigida por el mercado (el coste de capital). Además, la persistencia del entorno de bajos tipos de interés -con tipos a corto negativos y una curva de tipos plana-, confirmada tras los recientes anuncios del BCE, hace que el núcleo del negocio bancario tradicional -la captación de pasivos baratos como los depósitos transaccionales y la transformación de plazos- no tenga valor, y dificulta así la mejora de la rentabilidad.

Un tercer elemento es el de una regulación crecientemente exigente: el new normal para el capital está acercándose al 14% (el doble del mínimo en Basilea III) y el requerimiento del capital de resolución, el MREL, se sitúa en torno al 26%. El aumento del tamaño facilita el cumplimiento, sobre todo en materia de MREL, pues resulta más barato y sencillo emitir el capital adicional de resolución, la non preferred senior debt, para las entidades de mayor tamaño.

Además de estos factores, ciertos cambios en el entorno están aumentando la ventaja de la escala. Por ejemplo, la transformación digital tiene elementos de coste fijo, de manera que cuanto mayor sea el número de clientes de que se disponga, menor será el coste unitario que requiere esa transformación digital. La posibilidad de la computación en la nube, el cloud computing, aminora en parte ese efecto de escala, pero probablemente no lo elimina. Otro elemento que hace relevante la escala es el de las finanzas sostenibles: el cumplimiento de estos objetivos exigirá una ingente inversión en sistemas de información y seguimiento, que de nuevo constituirán un coste fijo, similar al de la transformación digital.

Por último, existe la percepción de que hay sobrecapacidad instalada en el sector bancario europeo, esto es, hay demasiados bancos en Europa. Las autoridades reguladoras y supervisoras así lo recuerdan con frecuencia. Evidentemente, la situación difiere entre países: en España, donde hemos pasado de 43 entidades a 13, se ha aprovechado la crisis para racionalizar el mercado, por lo que llevamos una cierta ventaja respecto a nuestros competidores europeos

Por todos estos factores, no sorprende que el tema de potenciales fusiones emerja cada pocos meses, como si del Guadiana se tratara. Pero es importante entender que no todas las fusiones tienen igual virtualidad. Las realmente significativas, porque denotarían que la Unión Bancaria está funcionando, serían las transfronterizas, esto es, aquellas que dieran lugar a bancos paneuropeos. Sin embargo, el hecho de que esa Unión Bancaria esté incompleta – aún falta el tercer pilar, el EDIS o Fondo de Garantía de Depósitos Europeo- es un impedimento de primera magnitud para que esas fusiones transfronterizas sean una realidad.

Esto nos deja con las fusiones nacionales como única opción en el corto plazo. Y aquí lo que importa es la racionalidad de estas. El ejemplo español ilustra de la conveniencia de estos procesos nacionales como un paso para racionalizar el mercado bancario. Pero, y es también nuestro caso, no todos los procesos de fusión se culminan con éxito. Ni debemos, por tanto, excluir esta posibilidad ni pensar que una fusión es el bálsamo de fierabrás que va a acabar con todos los males del sector bancario europeo. En otras palabras, las fusiones deben tener sentido económico y financiero, esto es, la entidad resultante tiene que ser mejor que las dos existentes previamente, y los mejor capacitados para valorarlo son los consejos de los bancos afectados y el propio mercado, sin cuya aquiescencia ninguna fusión es posible. Cualquier intervención de supervisores o gobiernos puede resultar no ya inadecuada, sino temeraria. Especialmente peligroso es el concepto de campeón nacional, tras el que se esconden multitud de fracasos en distintos sectores.

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