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THE BANKER

Cómo restaurar la fe perdida en los bancos

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Las cosas han cambiado mucho para el sector bancario en las últimas dos décadas. La regulación de hoy en día es mucho más invasiva y compleja, mientras que su arquitectura favorece el arbitraje e incentiva la banca en la sombra.

Una invitación reciente, para dar una conferencia de una institución financiera que estaba celebrando su 20º aniversario, me dio la oportunidad de reflexionar sobre los cambios que hemos vivido en los últimos 20 años. Hace dos décadas, yo era un joven consejero de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, y unos años más tarde presidí diversos grupos internacionales como los desaparecidos Banking Advisory Committee (Comité Consultivo Bancario) y Committee of European Bank Supervisors (Comité de Supervisores de Bancos Europeos) y los todavía en funcionamiento Financial Action Task Force y Joint Forum (Grupo de Acción Financiera Internacional y Foro Conjunto). Y veinte años después, he terminado presidiendo la Asociación Española de Banca.

Un paisaje diferente

Hace veinte años, el Comité de Basilea empezaba a debatir sobre Basilea II. En aquellos días, los reguladores estaban fascinados con la ciencia de las finanzas, sus modelos de precios y la capacidad de los grandes bancos para gestionar riesgos. En consecuencia, estaban dispuestos a permitir que las grandes entidades bancarias utilizaran modelos internos para calcular la probabilidad de impago, la exposición y la pérdida en caso de impago a efectos del capital regulatorio (en la jerga, PD, EAD y LGD). En resumen, nosotros, los reguladores, teníamos una fe ciega en la competencia técnica de los grandes bancos.

Por su parte, las grandes entidades eran lo suficientemente ambiciosas como para querer aún más flexibilidad que la otorgada por Basilea II. Aspiraban a que un futuro acuerdo de Basilea III les permitiera utilizar la diversificación que existía entre diferentes carteras para el cálculo de la adecuación del capital en el conjunto del balance (lo que llamamos “full portfolio models”).

Veinte años después, tenemos Basilea III, pero de una naturaleza totalmente diferente. Esta Basilea III, que es con diferencia mucho más intrusiva que las regulaciones anteriores, refleja una pérdida total de fe por parte de los supervisores respecto a las aptitudes de la industria financiera. De hecho, es aún peor porque también han perdido la fe en el recto proceder de los bancos y en su capacidad de trabajar de acuerdo con principios sencillos, tales como evitar los conflictos de interés o respetar el deber fiduciario hacia los clientes. Sin duda, esto ha representado una pérdida devastadora para la industria bancaria.

Además, explica por qué no solo tenemos requisitos de capital más elevados (en volumen y calidad), sino también exigencias de liquidez más altas; reglas de resolución que incluyen obligaciones abrumadoras de capital de resolución o MREL; pruebas de estrés; o procesos como los de evaluación de la adecuación del capital y liquidez internos, así como normas sobre gobernanza, entre otras muchas.

Las cosas no están mejor en el área de conducta. En este terreno tenemos la segunda iteración con MIFID II y PRIIPs (normas sobre productos empaquetados de inversión minorista y de seguros), regulaciones inmensamente complejas e intrusivas que no ofrecen alivio alguno a la industria.

Ahogados en datos

Hay dos aspectos especialmente preocupantes en la regulación emitida durante estos 20 años. En primer lugar, la complejidad de las nuevas reglas es inmensa. El texto consolidado de Basilea III, publicado hace unos meses por el Comité de Basilea tiene 1.868 páginas; MiFID II alcanza las 5.000 páginas de texto; las normas actualizadas sobre requisitos de capital y resolución, así como las guías publicadas por la Autoridad Bancaria Europea y las respectivas autoridades nacionales añaden otras 1.300 páginas o más al conjunto de la regulación.

Como ha dicho recientemente Mark Carney, “el Banco de Inglaterra recibe cada año 65.000 millones de datos de las entidades supervisadas. Solo ponerlos en contexto y revisarlos equivaldría a que cada supervisor leyera las obras completas de Shakespeare dos veces por semana, cada semana del año”.

Causa de preocupación

¿Por qué nos preocupa tanto esta complejidad? Porque es casi “misión imposible” comprender cómo funcionan las interacciones de todas estas reglas entre sí. Es una caja negra tanto para los reguladores como para las empresas reguladas.

El segundo aspecto de nuestra preocupación se refiere a la arquitectura de la regulación: regulamos por tipo de institución financiera y no por tipo de actividad. Y el problema de esta clase de regulación es que claramente favorece el arbitraje, algo que ya vimos en 2007. AIG, los monolines, los vehículos de inversión estructurada (SIVs), Lehman Brothers y Bear Stearns no eran bancos ni estaban sujetos a la regulación bancaria: eran compañías de seguros, sociedades de valores y vehículos de propósito especial (SPVs). Ahora, en este mundo de la revolución tecnológica que está desdibujando las fronteras entre las empresas financieras y las tecnológicas, el nuevo modelo regulatorio será aún más propenso al arbitraje de capital y a la aparición de riesgos dentro del desregulado sector bancario en la sombra, incluyendo en este a las fintechs y a las grandes bigtechs.

Pero no nos podemos engañar. Nuestro principal desafío se refiere a la conducta y la ética. Si queremos sobrevivir el presente siglo, necesitamos restablecer el prestigio de los bancos ante los reguladores, los políticos, el poder judicial y la sociedad en su conjunto. De lo contrario, cabe esperar que en los próximos 20 años las futuras regulaciones sean aún más estrictas, inflexibles, complejas e insoportables.

 

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